lunes, 29 de enero de 2007

CARTA 1. de jacobo

Si tuviera sueños serías uno de ellos, pero yo estoy perdido en la tierra de nadie y vos estás demasiado lejos.

Te vi por primera vez en la fiesta esa, ahora no puedo recordar que hacía allí, lo cierto es que en medio de tanta gente estabas vos, contándote aburrida las flores del vestido. Podría decirte muchas cosas pero serían mentira, lo he olvidado todo.

Esa noche hablabas con alguien, intentabas explicarle cuánto te tallaban los zapatos nuevos, correas, tacones, ampollas. La noche iba a ser larga y yo, simplemente no podía quitarte los ojos de encima.

lunes, 8 de enero de 2007

RENAULT 4

Creo que lo había visto una que otra vez, pero no es el tipo de los que yo recuerdo. La primera vez que en realidad estuve obligada a verlo fue porque llegó a recogerme a casa por mandato de algún aspirante a novio sin carro. El tenía un Renault 4 y yo 14 años. Aún ahora maneja mejor borracho.

Ha pasado mucho tiempo desde eso, han pasado amigos a los que he amado y por quienes hubiera dado media vida, han pasado amores, sueños, verdades y mentiras, han pasado fiestas, conciertos de mediopelo, bares caros y baratos, decepciones, paseos, viajes, ha pasado uno que otro hombre que parecía ser EL hombre, algunas amigas que fueron mis hermanas y sobre todo, han pasado muchos años y mucha agua ha corrido bajo este puente.

Intenté deshacerme de él de todas las formas posibles, cambié de celular, de casa, de ciudad, de amigos, de gustos, de trabajo, de genio, de ser posible, habría cambiado de nombre o de sexo, nunca lo llamé, nunca le escribí, me escondía en el fondo de la casa para que no me reconociera por la ventana, le cerré la puerta en la cara, me hice negar, evitaba los sitios comunes y aún así, llegaba a la hora de la siesta a tocar mi puerta, llegaba los domingos cuando aún no me había bañado, saludaba a mi gato, conversaba con los novios de mi madre, visitaba a mi abuela, le reparaba el carburador al Renault 4 de mi abuelo, se ofrecía para ir a recogerme al aeropuerto, a la terminal a donde fuese que yo estuviera. Nada, absolutamente nada en el mundo fue capaz de disuadirlo. Confieso que ahora lo quiero porque me obligó a que así fuera.

Es una de esas personas que me sigue amando a pesar de mis intententos por lograr lo contrario, de mis errores, de mis cagadas, de mi putogenio, de mis días de mierda e incluso, de mis días mas felices y de aquellas ocasiones en las que parece que he acertado. Debí haberlo sabido desde ese primer día, el es igualito a su Renault 4, un amigo fiel incapaz de dejarte tirado a pesar de que lo cojas a patadas.

DIA PRIMERO. pregunta

Claro que no, uno no da masajes con 4 cervezas y media de ginebra en la cabeza, claro que no, uno no duerme en camas ajenas ni se despierta tarde los días que hay que trabajar.
Pero yo no tengo nada más que hacer, estoy de viaje y usted perdió el último tren que lo llevaba lejos de la vida que nunca soñó.

Lo puse de espaldas a la cama, sólo por torturarme un poco y descubrir que además de las patéticas palabras de universitarios suicidas que montan en buseta, compartimos la misma estrella.

Pero ha podido ser peor, porque yo dejé el arrepentidero archivado entre la arena del gato, me pudo más un intento de dignidad con instinto de moral que las ganas de decirle de vez en cuando me acuerdo de usted, se me atraviesa en la biblioteca y en uno que otro amigo en común.

Nos equivocamos de tiempo, nos vimos demasiado tarde y las sábanas de algodón gris y los peces que nos miraban con ojitos de tía regañona no bastaron para pensar que era la única oportunidad y así pasó la noche y yo me desperté abrazada a su espalda sin poderle confesar lo que había soñado, por no romper el acuerdo tácito de silencio sobre nada, porque nada pasó más que sentir que me veía demasiado, que me leía desde adentro, desde el miedo.

Yo me levanté aún más perdida, sin saber cuál era el norte a pesar del mapa que intentó hacerme por la ventana, igual cogí por el lado equivocado y luego todo se volvió un fastidio, caminar por la avenida nimeacuerdo de subida y luego de bajada, mil horas en una buseta con los asientos más duros de Bogotá. Usted tarde al trabajo y yo temprano a la cita de mis últimos minutos de incertidumbre.

DIA TERCERO. respuesta

Claro que no, uno no se acuesta en camas ajenas , tampoco duerme en ellas, mejor se levanta bajo sus propias cobijas como la niña buena que ya no es, nuevecita, recién bañada parece que sólo he tenido un sueño inconfesable.

Pero no es tan sencillo, lo tengo un poquito atravesado y la sensación no se me quita con el primer café de la mañana, tampoco con el último.

Todo empieza como quien no quiere la cosa, una dulce casualidad, una voz reconocida. Tan bonitos, tan inocentes, pero hay una pregunta abierta flotando en el aire desde hace miles de años, esperando respuestas ambiguas escondidas entre mis ridículos buenos propósitos de año nuevo y mi incapacidad de llevarme a cuestas una duda.

Lo veo y se que está metido entre mis miedos más que entre mis amores, sentado junto a mis confesiones y no al lado de mis pecados, en las entrañas más que en el corazón.

Como un dejavú que se repite cada de vez en cuando, como si pudiera pensar que de verdad tenemos la conciencia tranquila porque esta vez ya era tarde –siempre ha sido tarde-, yo había hablado demasiado y lo que me quedaba de decencia lo ahogué entre los hielos del whisky como cuando es uno el que no tiene nada que perder, porque en medio de todo alcancé a preguntar si sabía lo que estaba haciendo y como la respuesta siempre fue no sé y no me importa, como si fuera cierto y no lo supiéramos, estábamos confirmando que somos un lugar común en el que nos gusta hundirnos, que no somos tan santos ni tan buenos, que somos peores y lo mejor de todo, que al final de cuentas, termina por no importarnos.

¿Podría haberme quedado con la duda? Seguramente ¿Podría haberse quedado con la duda? Tal vez, pero y si esta vez fuera la última oportunidad, entonces qué sería de esta historia, de la sensación de haber perdido el camino en alguna curva, de hacerle justicia al presentimiento de que la felicidad es una cosa esquiva, que estamos de alguna manera destinados a decir mentiras y de vez en cuando hacer la del gato para intentar tapar las cagadas con arena, que tarde o temprano, vamos a terminar traicionando aquello que más amamos porque nos creemos por encima de las reglas y un día nos comimos el cuento de los poetas malditos que leímos mientras caminábamos sobre el piso entapetado con flores de guayacán.

La decisión estaba tomada desde el instante en que entré a su casa, así en ese momento no lo supiéramos, la piel estaba despierta desde el primer abrazo y qué le vamos a hacer si somos un cliché inevitable que se fuma un cigarrillo después de tirar. Como era imposible repetir la misma historia, no amanecí abrazada a su espalda, me despedí sin mirarlo mucho a los ojos y sin esperar más de la cuenta pedí un taxi, llegué a mi casa a dormir bajo mis cobijas y al otro día amanecí como la niña buena que ya no soy y usted, no se nada de usted pero tal vez hizo lo mismo. No podría haber imaginado algo que fuera diferente.

Tengo la extraña sospecha de que a veces sólo hacemos lo que hacemos para tener algo sobre que escribir.

domingo, 7 de enero de 2007

JUNIO 1

Esa mañana me senté a esperar que saliera el sol, con mi falda de vainilla, noche y vino tinto, con el pelo mojado y los ojos a punto de estallar. Esa mañana me fui para su casa, silenciosa como un gato, intentando que las campanitas de la puerta no sonaran –como las odio-, que la llave entrara sin pelear, me quité los zapatos y me metí entre las cobijas a su lado, para verlo, para ver sus ojos rasgados mientras duerme, tocar esa piel aceituna que me hace delirar, me escurrí junto a su espalda para sentir si era la última vez que lo iba a tocar, para entender porque vale la pena tanta lágrima, para entenderle las razones, esperar casi un milagro de ósmosis en el que se me pegaran sus motivos. Pero nada, me fui quedando dormida a su lado, tibia, consentida y al despertar, lo único que seguía teniendo pegado era la tristeza , la incertidumbre, la melancolía. Me desperté y vi sus ojos abrirse, vi el espejo negro en el que me gusta mirarme, me desperté y nada, ni una sola respuesta, ni un solo motivo. Cuando ya lo que uno pueda decir no importa y no queda más que esperar, esperar, esperar, apelar a la paciencia inexistente, esperar si se le pasa, si cambia, si cambio, si me manda para la mierda, si apenas me aguanta, si me sigue queriendo, esperar como Penélope a ver si regresa de alguna idea en la que se quedó perdido. Esperar, esperar, esperaresperaresperaresperar y mientras tanto esta incertidumbre que me quita hasta el hambre, que me va a hacer desaparecer.