lunes, 19 de octubre de 2009

UNO MÁS

Todos duermen. Esta especie de inviernoamedias no me acaba de convencer mientras el gato ronca a mis pies en una especie de apnea nocturna. Hoy he muerto mil muertes en un continuo trágico de delirios. Parece que he venido persiguiéndome: intenté escapar pero me traje en la maleta, aplastada entre unas botas, ocupando el espacio del suplemento de zinc que debí haberme tomado y la amnesia selectiva, tuve que pagar exceso de equipaje. Yo no duermo. Hoy no. Necesito un silencio que no llega o por lo menos el sopor inevitable de la somnolencia pero hago tanto ruido, he venido a distraerme, a dar gritos desde adentro, a profanar mis sueños. He venido para fastidiarme, para recordarme. He venido disfrazada, como si no fuera capaz de reconocerme por mis viejas mañas.

martes, 1 de septiembre de 2009

MEJOR COLORADO UN RATO

Hasta ahora entiendo lo que vos en serio me decías. Incluso los esclavos aman sus cadenas y como por hacer el ejercicio, tendré que recordar las mil veces que reputié por haber metido mi larga nariz entre semejante arenero, con esa puta lluvia que no deja de caer todos los días y todas las mañanas, madrugar siempre en ese martes eterno y sin descanso a tomar el café espantoso del hotel, preparado sin cariño. Escuchar por horas y horas los comentarios en el radio, esperando encontrar alguna noticia interesante, una pelea que justificara el tedio y el ruido o por lo menos una lancha varada pidiendo auxilio. Mucho sudor y una que otra lágrima. Un universo paralelo donde el mundo real se hace borroso y se disuelve en el mar temperamental y caprichoso, como una vieja neurótica, como yo. Todos personajes en una tragicomedia donde nos obligamos a vivir juntos, a vernos las caras de sueño en el desayuno, las de cansancio en la cena, a comer mierda al almuerzo, sazonada con arena, bichos, agua y muy poca sal, gracias al chef Paolo que era incapaz de sonreír y que prefirió nunca aprender español para no dar explicaciones sobre el menú ni tener en cuenta las quejas sobre la perversa diarrea que atacó sin excepción a los miembros de esta tripulación de un barco hundido. No puedo olvidar tampoco que mi cámara naufragó a la una de la mañana, mientras intentaba subirme a una lancha en un intervalo entre tormentas, que al computador dejaron de funcionarle dos teclas por cosas de la humedad y como es de mejor familia que yo, arreglarle el chistecito me cuesta más que los viáticos de 3 meses. Y en medio de todo estaban mis héroes cotidianos, el que cargaba barras de granola en la maleta para cuando era tarde y se había acabado la comida, el que me entregó en un vasito las conchitas que habia recogido en la playa y dejé tiradas por ir a quitar una bandera, la que era capaz de encender un fósforo bajo la lluvia, la que te enviaba un subway porque se había quedado en el hotel y sabía que te sabría a gloria asi fuera del día anterior, el que te entregaba una camiseta seca cuendo ya te habías mojado hasta la médula. El hombre que vi revivir a un niño que se había ahogado en playa Punch, aunque al día siguiente nos avisaron que no había sobrevivido el traslado al hospital. Ahora la calle tiene charcos y semáforos y carros que pitan. Mis ventanas están sucias y no alcanzo a ver el horizonte. El perroeplaya me lo advertía echado boca abajo sobre la arena caliente, esta gatadeapartamento extraña caminar descalza y mojarse con la lluvia que no deja de caer, todoslosdías, todaslasmañanas.

viernes, 5 de junio de 2009

He perdido la cuenta porque ya han sido suficientes quejas. Cada cual tiene su argumento, habría que defenderlos a todos o callarlos a todos, funciona igual por alguna ley física en la que tanto ruido se cancela, este cacareo constante que aturde. He olvidado mis antiguas prioridades, se han disuelto en el paisaje borroso de esta ciudad.

lunes, 4 de mayo de 2009

MUTANTES

Son las nueve de la noche y hace poco se ha ocultado el sol. Afuera, en la calle, un hombre con una canasta vende tamales oaxaqueños, lleva 15 minutos gritando las ventajas cualitativas de sus ricos, frescos, deliciosos tamales para toda la familia. Aún me parece extraño que pueda oírlo casi como si gritara frente a mi ventana, porque vivo en el piso 11, pero siempre pasa igual, el ruido de la calle es constante y cercano. Me desespera básicamente porque me conmueve, si no fuera porque no me gustan los tamales, bajaría a comprarle media canasta. No lo puedo evitar, todos los que venden comida en la calle me producen una extraña compasión, los imagino en su casa a las 3 de la mañana, levantados haciendo masas y empacando en bolsitas o en hojas de plátano, horneando, revolviendo, poniendo la comida en sus viejas canastas para salir a recorrer la ciudad desde el amanecer con sus tamales o envueltos o lo que la culinaria local caprichosamente decida. Me pasa igual con el señor de las galletas integrales que ofrece muestras gratis a los que cruzan por la puerta de los viveros. Debo confesar que sus galletas son buenas y justifican la charla del vendedor y sus datos sobre los beneficios de la fibra.

Llevamos 9 días de cuarentena voluntaria, saliendo solo cuando es estrictamente necesario. Afuera, la gente con tapabocas y los noticieros locales con sus informes diarios sobre el avance de la epidemia. En internet se tejen mil conspiraciones al respecto, desde las más plausibles hasta las más extrañas que me recuerdan mucho los cuentos de Asimov que leía cuando estaba pequeña. Da igual, podemos quedarnos en casa y pasar impunes la gripa, sin mayores síntomas que los producidos por el calor del medio día, que impide pensar con claridad, aunque cualquiera se confunde, porque desde que llegué a esta ciudad no me deja de sangrar la nariz, el ambiente es demasiado seco. Las frutas se petrifican sin que intenten siquiera podrirse.

Mientras algunos se mueren en los hospitales porque llegaron demasiado tarde y otros hablan de un nuevo orden mundial regido por perversos magnates, el señor sigue gritando y caminando todas las noches intentando vender sus tamales de cochinito.

martes, 14 de abril de 2009

A ustedes

Tendría que irme todos los días para despedirnos cada tarde, para recordar que mañana podríamos no vernos, podría ser la última vez. Para no darnos por hecho. Para no tener que extrañarlos. A los que son, a los que están, a los que nunca fueron, a los que no estuvieron, las vidas que no vivimos, los caminos que olvidamos, los lugares a los que no regresaremos, a todos los que me he traído conmigo, que tanto los quiero aunque a veces lo olvide.

Hace calor y llueve, el gato está dormido sobre la cama como siempre y no quisiera que me mandaran en una maleta bonbonbunes, arepas ni chocolatinas jet, no me gustan. Quisiera que me trajeran de regreso sus palabras, su presencia. No he vuelto a escribir por la pereza, por la anestesia, por no dejar que se me vaya la inspiración de este intento, por no extrañarlos, para que no se me agüen los ojos. Los llevo conmigo, los respiro incluso en este aire que parece una nata espesa sobre la ciudad, tan parecida pero tan diferente.

lunes, 9 de marzo de 2009

TRES MESES DESPÚES

Extraño que alguien se sepa mi nombre. Las caras conocidas. La anciana tuerta de la tienda del frente que nunca tiene leche. El vecino de abajo que llama a chiflidos al del apartamento de arriba, los domingos en la mañana. El estúpido celular que suena sin parar. Los días nublados, el frío, los zapatos mojados.
Extraño que alguien me salude al llegar.