martes, 1 de septiembre de 2009

MEJOR COLORADO UN RATO

Hasta ahora entiendo lo que vos en serio me decías. Incluso los esclavos aman sus cadenas y como por hacer el ejercicio, tendré que recordar las mil veces que reputié por haber metido mi larga nariz entre semejante arenero, con esa puta lluvia que no deja de caer todos los días y todas las mañanas, madrugar siempre en ese martes eterno y sin descanso a tomar el café espantoso del hotel, preparado sin cariño. Escuchar por horas y horas los comentarios en el radio, esperando encontrar alguna noticia interesante, una pelea que justificara el tedio y el ruido o por lo menos una lancha varada pidiendo auxilio. Mucho sudor y una que otra lágrima. Un universo paralelo donde el mundo real se hace borroso y se disuelve en el mar temperamental y caprichoso, como una vieja neurótica, como yo. Todos personajes en una tragicomedia donde nos obligamos a vivir juntos, a vernos las caras de sueño en el desayuno, las de cansancio en la cena, a comer mierda al almuerzo, sazonada con arena, bichos, agua y muy poca sal, gracias al chef Paolo que era incapaz de sonreír y que prefirió nunca aprender español para no dar explicaciones sobre el menú ni tener en cuenta las quejas sobre la perversa diarrea que atacó sin excepción a los miembros de esta tripulación de un barco hundido. No puedo olvidar tampoco que mi cámara naufragó a la una de la mañana, mientras intentaba subirme a una lancha en un intervalo entre tormentas, que al computador dejaron de funcionarle dos teclas por cosas de la humedad y como es de mejor familia que yo, arreglarle el chistecito me cuesta más que los viáticos de 3 meses. Y en medio de todo estaban mis héroes cotidianos, el que cargaba barras de granola en la maleta para cuando era tarde y se había acabado la comida, el que me entregó en un vasito las conchitas que habia recogido en la playa y dejé tiradas por ir a quitar una bandera, la que era capaz de encender un fósforo bajo la lluvia, la que te enviaba un subway porque se había quedado en el hotel y sabía que te sabría a gloria asi fuera del día anterior, el que te entregaba una camiseta seca cuendo ya te habías mojado hasta la médula. El hombre que vi revivir a un niño que se había ahogado en playa Punch, aunque al día siguiente nos avisaron que no había sobrevivido el traslado al hospital. Ahora la calle tiene charcos y semáforos y carros que pitan. Mis ventanas están sucias y no alcanzo a ver el horizonte. El perroeplaya me lo advertía echado boca abajo sobre la arena caliente, esta gatadeapartamento extraña caminar descalza y mojarse con la lluvia que no deja de caer, todoslosdías, todaslasmañanas.