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Pensó que a pesar de todas las cosas que había en su cabeza, cosas útiles, cosas inútiles, cosas que solo ocupaban espacio, cosas inconfesables, cosas comunes; nunca supo qué forma tienen las cosas cuando naufragan.
Pensó en saltar desde el precipicio de sus letras, pero le tenía miedo al mar. Se quedó esperando sentado sobre unos puntos suspendidos.
La vi por primera vez en el comedor del hotel, un metro ochenta y cinco de altura y un poco más en la circunferencia de sus caderas. El pelo negro en una moña templadísima y un vestido ajustado con rayas anaranjadas. Era imposible no verla. Había encallado esa mañana en la isla, se llamaba Elena, era rumana y me sonrió con susojosmuyazules. A partir de ese día, yo caminé junto a sus sombra. Grenard, que tenía el muy obvio apodo de Baba, de lejos parecía un bebé enorme; con su piel negra y dientes blanquísimos en una perpetua sonrisa, se bajó de la lancha y de un solo movimiento, sin el más mínimo esfuerzo, ni darme tiempo a echarle algún putazo, me sacó cargada y me dejó en la arena. Con una palmada en la espalda, que casi me regresa de jeta al mar dijo “te falta mucha carne en los huesos mama” y soltó una de sus carcajadas. En ese instante la vio por primera vez. Ella, de un blanco salamandra ya estaba insolada a parches, con el pelo desordenado y las tetas saliéndose a medias ...
En ese parasiempre que duraba tan solo un segundo, capaz de contener la experiencia entera y el espacio infinito, todos los momentos desde su primera inhalación hasta su último suspiro que en el espacio de una respiración significaban la vida y la muerte y todas las posibilidades intentadas o no. En esa eternidad lo supo, llevaba tanto tiempo imaginándolo que probablemente quedaba muy poco de él mismo en lo que ella estaba viendo.  No le importó.
Ella, cuyo nombre de superhéroe era Colapso, estaba sentada calculando cuál sería su muerte probable para ese día. Ya había tachado en la lista las obvias enfermedades incurables, las perfectas y fatales casualidades, los intentos heroicos, las venganzas kármicas, los asteroides y las invasiones bárbaras. Pero era domingo y por cómo andaban las cosas últimamente, seguramente moriría de aburrimiento.
Que dios te bendiga, le dijo. Ella, que es del tipo porno para amas de casa, más del estilo cenicienta que de las historias que incluyen personal de servicios varios y técnicos en reparación. Ella, que escogía sus tendencias espirituales entre las cosas que empezaban por P: había sido panteísta, politeísta, pastafari y ahora estaba con el paganismo. Por estos días le iba a Frejya, y no porque había engendrado una prole de hombretones de esos de rubia melena trenzada y pecho enorme y peludo, capaces de preñar una mujer con saludarla desde lejos, sino porque la mona andaba en un carruaje tirado por gatos. Hay que ser muy jodidamente poderoso para lograr que una manada de gatos hagan eso, o que hagan algo, cualquier cosa.  Ella, no supo qué responderle, pero dijo gracias. Tal vez Frejya le escuchara, así fuera martes.
Cerró la puerta y tuvo que recostar la espalda en ella, ya no había aire suficiente, las piernas temblaron y las rodilla no funcionaron más. Se dejó caer, o más bien se fue escurriendo porque ya dudaba de que estuviera hecha de alguna materia medianamente sólida. Supo exactamente cuánto pesaba un corazón roto: doscientos cincuenta gramos y no tenía fuerza para sostenerlos. Probablemente tampoco estaba interesada en recoger los pedazos. Respiró. Esto también pasará.
Lo descubrió sentado en un rincón arrancándose con los dientes los cueros de los dedos. Intentaba meter suspiernastanenormementelargas por entre las patas de una mesa y le valía madres lo que fuera que estuvieran discutiendo en la sala. Él era oficialmente la cosa más bonita que había visto en esta reencarnación. Imaginó lo rápido que podría correr con semejante tamaño, en caso de que un día tuvieran que huír. Le intrigaba porque ella no tenía más opción que esconderse como un ratón, su estrategia nunca había sido la velocidad sino más bien el arte de desaparecer. Se acercó a preguntarle cuál era su función en ese circo, él solo respondió “me alquilo para escuchar”. Ya estaba, no era posible que tanta poesía cupiera en 195 cm de estatura. Decidió llevarle todos los días chocolates y galletas y dulces en paquetes de colores, para que no tuviera que morderse las uñas hasta sangrar. Nunca se aprendió su nombre, no le pagaban para recordar.
Ese sentimiento que comenzaba en las tripas y subía hasta la boca del estómago para luego resolverse en náuseas. No estaba segura de si era el presagio del fin del mundo o al menos de su propia muerte, o más bien estaba necesitando un Peptobismol. Tanto tiempo con lo mismo que había perdido la capacidad de decidir entre sus manías mentales y una gastroenteritis. Al final daba lo mismo. Pensó en correr, pero era domingo y estaba lloviendo. La gente no debería desaparecer los domingos porque los volvía demasiado redundantes. Decidió hacerse un ovillo en la cama, tal vez así lograra convertirse en un zorro invisible.
Y entonces ella corrió.
Se le había olvidado que lo quería, por la pura falta de uso de ese amor viejo que habitaba como fantasma descalzo entre los corredores de su historia.
Prometieron encontrarse en otra vida pero iba a estar medio jodido, él se sentía condenado al infierno y ella planeaba reencarnar en gato.

Catálogo de ideas

Apenas le abrió la puerta, se la soltó así, sin dudarlo, porque llevaba tantos días perdidos dándole vueltas a la idea, que había ido y venido por entre todos los escenarios posibles, las historias imaginadas, las vidas soñadas, y ya no le quedaba nada más que inventarse, solo la verdad limpia y afeitada. —De todas las putas malas ideas que he tenido, y han sido muchas, vos sos la peor.

Bosque de Pinos

Como un niño con juguete nuevo, con esa expresión de júbilo que siempre parecía fuera de lugar en su cara, le mostró la cama nueva. Un artilugio extraño que por acción de una palanca ubicada junto a la cabecera, levanta el colchón y deja al descubierto una especie de cajón enorme. Ella lo conoce bien, han sido amantes por quince años. Sabe que en ese cajón guardará sus cadáveres. "Las mujeres son extrañas" le dijo una vez, "complican las cosas y yo soy un tipo simple". Básicamente no le gustan los compromisos pero es incapaz de articular una despedida. Prefiere matarlas. Ella lo conoce bien, lo ha amado por quince años y no le importa. Está tranquila, no es una de esas viejas raras  y su relación nunca ha sido complicada, siempre supo cuál era su lugar en las historia, además, a quién sino a ella podría contarle todos sus secretos, la necesita. Lo sabe bien. Se sientan en el sofá y la charla va sobre la forma de los libros y el extraño día en que el mar casi e...
Alguien se robó el verano.

MI VIDA COMO FANTASMA

En circunstancias no muy afortunadas me encontraba narrando mi vida. Mi oyente, antes de empezar, hizo ciertas aclaraciones sobre su narcolepsia. Al rato empezó a cabecear. Yo leía, ella dormía. Yo también quería dormir y despertar en casa bajo mis cobijas pero parecía imposible. Estaba lloviendo, había gritos y pantano por todas partes. Estaba muy lejos. Muchos sueños despúes, ella abrió los ojos muy abiertos y dijo que todo era mi culpa, que yo era un fantasma. Vivía mi vida como un fantasma, me veía como un fantasma. Recordé que llevaba dos días sin comer ni dormir. Luego de estar 8 horas a la intemperie, era un fantasma con los cachetes colorados. Una noche cualquiera él me miró y me dijo que yo era triste porque leía libros tristes. Yo pensé que tal vez leía libros tristes porque era triste. También pensé que él nunca leía y era un imbécil. Pedí a un amigo que me recomendara un libro feliz a ver si eso ayudaba a componer mi situación. El libro me gustó, pero debo aclarar que...

LOS OTROS

Los otros que fueron, los otros que éramos. Los que nunca seremos. Pero especialmente los otros que nunca fuimos. Nos imaginamos, lo hicimos sin culpa pero con intención. Nos encontramos y nos armamos el uno al otro a la medida de nuestros propios deseos, fuimos nuestros mitos, los irreales posibles imaginados. Seguimos existiendo como fantasmas, nos alimentamos de ese sueño de nosotros mismos, del sueño que los otros soñaron. No somos ellos, no somos esos. Todo lo que no viste, lo que no quise ver. Los pequeños huecos en las medias, los pelos en la almohada, las dudas. Los errores de la matriz, la falta de aplomo, el desgarbo, la obviedad. Los momentos de franqueza en que fuimos tan humanos. Esos otros que extrañamos, nuestras versiones editadas, desinfectadas. Esos otros que retomamos para no perdernos, para seguir siendo personajes, musas, fantasías. Esas vidas que no vivimos.

UNO MÁS

Todos duermen. Esta especie de inviernoamedias no me acaba de convencer mientras el gato ronca a mis pies en una especie de apnea nocturna. Hoy he muerto mil muertes en un continuo trágico de delirios. Parece que he venido persiguiéndome: intenté escapar pero me traje en la maleta, aplastada entre unas botas, ocupando el espacio del suplemento de zinc que debí haberme tomado y la amnesia selectiva, tuve que pagar exceso de equipaje. Yo no duermo. Hoy no. Necesito un silencio que no llega o por lo menos el sopor inevitable de la somnolencia pero hago tanto ruido, he venido a distraerme, a dar gritos desde adentro, a profanar mis sueños. He venido para fastidiarme, para recordarme. He venido disfrazada, como si no fuera capaz de reconocerme por mis viejas mañas.

MEJOR COLORADO UN RATO

Hasta ahora entiendo lo que vos en serio me decías. Incluso los esclavos aman sus cadenas y como por hacer el ejercicio, tendré que recordar las mil veces que reputié por haber metido mi larga nariz entre semejante arenero, con esa puta lluvia que no deja de caer todos los días y todas las mañanas, madrugar siempre en ese martes eterno y sin descanso a tomar el café espantoso del hotel, preparado sin cariño. Escuchar por horas y horas los comentarios en el radio, esperando encontrar alguna noticia interesante, una pelea que justificara el tedio y el ruido o por lo menos una lancha varada pidiendo auxilio. Mucho sudor y una que otra lágrima. Un universo paralelo donde el mundo real se hace borroso y se disuelve en el mar temperamental y caprichoso, como una vieja neurótica, como yo. Todos personajes en una tragicomedia donde nos obligamos a vivir juntos, a vernos las caras de sueño en el desayuno, las de cansancio en la cena, a comer mierda al almuerzo, sazonada con arena, bichos, agua ...
He perdido la cuenta porque ya han sido suficientes quejas. Cada cual tiene su argumento, habría que defenderlos a todos o callarlos a todos, funciona igual por alguna ley física en la que tanto ruido se cancela, este cacareo constante que aturde. He olvidado mis antiguas prioridades, se han disuelto en el paisaje borroso de esta ciudad.